La Guatemala que no da tregua

Los taxistas protestaron por la violencia desatada en su contra. (Foto: Jorge López/Nuestro Diario)

Los taxistas protestaron por la violencia desatada en su contra. (Foto: Jorge López/Nuestro Diario)

Hace una semana, los reflectores mediáticos estaban concentrados en uno de los personajes de nuestra tragicómica realidad: Blanca Stalling y su peluca perdida. Mas no solo en ella. También en una Corte Suprema que no lograba ponerse de acuerdo para decidir quién tomaba el lugar de Silvia Patricia Valdés en su presidencia.

Hoy ya nadie parece tener en la mente la crisis por la que atraviesa el poder judicial. Pero que  haya salido de los titulares el “affaire” Stalling y ya nadie se recuerde de la peluca perdida, no significa que los problemas que enfrenta la justicia hayan desaparecido  mágicamente. Los conflictos persisten y tan solo hace falta que estalle otro escándalo para que, de nuevo, la luminotecnia vuelva a posarse sobre los (hoy) doce magistrados. 

Esto no es nuevo ni sorprendente. Aquí pasamos de una cosa a la otra a velocidad de vértigo. Nos desplazamos a miles de kilómetros por hora, de  una crisis a otra; de  un titular a otro. De un drama desgarrador a un espeluznante episodio. En las últimas 72 horas han ocurrido en Guatemala verdaderas tragedias. Dos pequeños fueron secuestrados cuando se dirigían hacia su escuela y asesinados horas después. Cinco pilotos de taxi perdieron la vida en una jornada de horror. 

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Mientras tanto, en el Congreso  de la República, no aterriza la sensatez para tratar los temas torales del país. Lo que tampoco es nuevo. Como tampoco es nuevo que otros dos diputados pierdan la inmunidad. El vaivén de los inminentes perseguidos por sus pecados en el marco de la "vieja política" suma y sigue. Y en cuanto a lo que algunos aún creen que es la "nueva política", me limito a definirla como picardías animadas de ayer y hoy. El sainete de aquellos que ven la tormenta venir y ni por disimular se persignan. 

El presidente, por su lado, respira un poco más tranquilo luego de la medida sustitutiva para sus familiares. No percibo que los rumores de golpes de Estado, a los que él da toda credibilidad, le quiten mucho el sueño. Y menos se lo quitarán cuando su hijo ya cumpla con su arresto domiciliario en Casa Presidencial. ¿Será que con esa serenidad en seno de su hogar podrá ocuparse de analizar si condena o no la campaña de desprestigio contra el comisionado Iván Velásquez? 

Entre pelucas extraviadas y el manido truco del quórum roto, yo reparo en la necesidad de aprender a dar con cierto tacto las malas noticias en un país en el que éstas abundan. Es entonces cuando pienso en el respeto. Ese respeto que nos debemos como sociedad para que nos indigne, como se debe, que dos niños sean secuestrados y después asesinados, la misma semana en que la muerte más implacable y ruin decide viajar en taxi, como consecuencia de una ola  extorsiones en la que, según el director de la PNC, los protagonistas sicarios son reclutados cada vez más entre los niños y los adolescentes, cuya especialidad, a sus tiernas edades, es enlutar a varias familias en un solo día. 

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No es que Guatemala sea solo un país intenso. Es un país con un caleidoscopio trágico que no resuelve sus traumas de sangre. Tanto así que en 72 horas aquí puede pasar de todo. Absolutamente, de todo. Incluso de aquello de lo que ni siquiera nos alcanzamos a percatar, porque los reflectores mediáticos no logran, por más que traten, de darse abasto.

20 de febrero de 2017, 08:02

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