La hasta ahora imposible tarea de entender al "otro"

Las autoridades indígenas acudieron al Congreso a escuchar la discusión sobre las reformas constitucionales. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502)

Las autoridades indígenas acudieron al Congreso a escuchar la discusión sobre las reformas constitucionales. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502)

Cómo quisiera que todo el revuelo generado por las reformas constitucionales se convirtiera en un parteaguas para la sociedad guatemalteca. Que todo este ir y venir de comunicados, marchas, manifestaciones, mantas, visitas al Congreso, o de videos e infografías que pretenden explicar la visión que cada sector tiene sobre la jurisdicción indígena, fuera la mecha que por fin encendiera la llama de un diálogo serio para que en este país se intentara entender al “otro”, para así apreciar las diferencias y las oportunidades que brinda el que múltiples culturas convivan en un mismo territorio.

Hasta ahora, las señales han sido cualquier cosa menos alentadoras. La discusión sobre si debe o no reconocerse un sistema de aplicación de justicia, en funciones desde hace cientos de años, ha resultado de lo más virulenta. El miedo está a flor de piel: solo hace falta dar un rápido vistazo en redes sociales para percatarse de ello. Están quienes afirman, sin tapujos, que los linchamientos son una forma de castigo propia de las comunidades indígenas. Falso. O que un corrupto podría salirse con la suya simplemente cambiando de sistema. Falso, también. 

Los diputados debatieron bajo la mirada de las autoridades indígenas. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502)
Los diputados debatieron bajo la mirada de las autoridades indígenas. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502)

Yo, por más que escudriño la propuesta, no logro entender el por qué de los temores. La reforma simplemente se limita a reconocer lo que ya existe, y punto. No agrega, no quita, no suma, no resta. Dice literalmente: “Las autoridades de los pueblos indígenas podrán ejercer funciones jurisdiccionales de conformidad con sus propias normas, procedimientos, usos y costumbres siempre que no sean contrarios a los derechos consagrados en la Constitución y a los derechos humanos internacionalmente reconocidos. Para este efecto deberán desarrollarse las coordinaciones necesarias entre el Sistema de Justicia Oficial y las autoridades indígenas.”

Sin embargo, he de reconocer que los refranes populares son sabiduría pura y que, en el momento que estamos viviendo, aplica aquél de “cuando el río truena, piedras lleva”. Es más que evidente que en este país no estábamos listos para dialogar sobre justicia indígena. Que el tema despierta demasiados recelos y hace aflorar las desconfianzas que acarreamos desde hace siglos.  Considero por eso que lo vivido durante las últimas semanas debe sugerirnos una pausa para que preguntarnos si es este el país que queremos.

En la trágica mochila de nuestro pasado llevamos un rosario de oportunidades desperdiciadas: los Acuerdos de Paz, firmados hace 20 años, planteaban la creación de una Guatemala distinta y se quedaron en el arranque. Entablar juicios por crímenes cometidos durante los largos años de guerra interna, y que podrían ayudarnos a sanar las heridas colectivas, hacen saltar a todas las liebres. Y ahora que podrían estar dándose las circunstancias ideales para intentar fortalecer a la justicia, la redacción de un párrafo está por dar al traste con un esfuerzo de años, en el cual se han involucrados miles de guatemaltecos. Este no es el país que yo quiero. Pero si quisiera que todo este revuelo nos encaminara por la senda de la cordura.  

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

23 de febrero de 2017, 12:02

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