Encuentro con el hombre que miraba fijamente

Para una mujer en Guatemala, sentirse observada puede causar miedo. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502)

Para una mujer en Guatemala, sentirse observada puede causar miedo. (Foto: Jesús Alfonso/Soy502)

Iba sentada en la camioneta cuando me percaté de que alguien me miraba fijamente. Era un hombre de unos treinta años, con el cabello muy corto, casi rapado, y una cicatriz en la sien. Fruncía el ceño. Tenía la mirada torva de un matón de película.

Su mirada me hacía sentir cada vez más incómoda. Como un sonido que va subiendo de volumen hasta convertirse en un estruendo ensordecedor, iba creciendo en mi interior uno de los sentimientos más primitivos e irracionales del ser humano: el miedo.

En mi mente reviví escenas de terror: el día que un asaltante, a punta de pistola, despojó de su celular al pasajero que iba sentado junto a mí, el día que me asaltaron mientras cruzaba una pasarela en el Trébol, el día en que una de mis mejores amigas vio caer al suelo el cuerpo inerte del chofer, abatido a tiros por un extorsionista.

Miedo. Esa certeza de que vas a morir que de repente te transforma en una bestia sin raciocinio y te impulsa a huir, a defenderte con uñas y dientes, a atacar antes de ser atacado. El mismo miedo que impulsó, hace una semana, a los vendedores de la zona uno de Quetzaltenango a vapulear a un joven que se dirigía a un comercio con una carta en la mano. Lo confundieron con un extorsionista cuando en realidad llevaba una carta de amor para su novia, quien trabajaba en esa tienda.

El mismo miedo que lleva a muchos a salir a la calle con un arma, a ponerle vidrios polarizados al carro, a amurallarse en un residencial cerrado con garita.

Aquél día estaba segura de que ese hombre tenía la intención de hacerme daño. ¿Por qué otra razón me miraría así?

Pedí la parada y al bajarme, vi, de reojo, que el hombre también se había bajado y venía caminando detrás de mí. Nadie más se bajó. Sin lugar a dudas me estaba siguiendo y esa certeza me producía un nudo en la garganta y un pánico que me aceleraba el corazón y lo hacía latir a mil por hora. 

Aceleraba el paso y maldecía la hora en que la vanidad me llevó a elegir unos zapatos con tacón de aguja con los cuales apenas podía caminar, mucho menos correr. Pensé en gritar pero me quedé muda, afónica, me tragué mi propio alarido de terror.

Cuando sentí que el hombre se aproximaba a mí, estaba al borde de las lágrimas. Él sentía el miedo que destilaba por cada uno de mis poros y en su interior crecía un sentimiento muy distinto: la dignidad ultrajada del pobre. Apretó los dientes y al pasar junto de mí me espetó: “Témale a Dios y no a mí”. 

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18 de mayo de 2017, 05:05

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