La última atajada de Jorge Humberto Marotta

Arriba: Marotta, Rocael Mazariegos, Luis Alfonso Espel, Carlos “Chino” Castañeda, Eduardo “Gasparín” Acevedo y Luis Villavicencio; abajo: Julio Rodas, Roderico “Lico” Méndez, “El Chino” Iván León, Jorge Aníbal Vargas y Leonel “El Machete” Contreras. (Foto: 100 años de fútbol/Facebook)

Arriba: Marotta, Rocael Mazariegos, Luis Alfonso Espel, Carlos “Chino” Castañeda, Eduardo “Gasparín” Acevedo y Luis Villavicencio; abajo: Julio Rodas, Roderico “Lico” Méndez, “El Chino” Iván León, Jorge Aníbal Vargas y Leonel “El Machete” Contreras. (Foto: 100 años de fútbol/Facebook)

No hay que dejarse engañar por su apellido que más parecía un apodo de boxeador, como El Maromero Páez. O por su aspecto, más parecido a un luchador con su melena larga, como El Alacrán, siempre dispuesto a pelearse máscara contra cabellera, lanzándose desde la tercera cuerda para atajar un balón.

Era todo un espectáculo ver jugar a Jorge Humberto Marotta en el arco. Por la radio, los locutores aseguraban que él estaba en el poste derecho, pero un disparo lo obligó a volar y atajar el balón que rozaba el paral izquierdo. Pero no, no era exageración. En vivo, él hacía ese tipo de atajadas y competía en acrobacias con Hermenegildo Pep Castro, que era como ver volar a una tremenda morsa.

Era una época de grandes porteros de fútbol: Ricardo Jerez padre, Piccinini, Mario René Menjívar, Sergio Leonel Chávez, etc. Pero Marotta sobresalía por sus atajadas y por su manera de perder el tiempo, en caso de que su equipo fuera ganando o empatando contra un grande.

Para ello, Marotta empezaba a quejarse de una antigua lesión en la pierna izquierda. Con cada despeje que hacía, se dolía y caminaba chueco. Pero en el momento de volar para una atajada, se evidenciaba que no sufría ninguna lesión. 

Al aterrizar del atajadón, daba varias vueltas sobre el césped, anunciando que se quedaría un buen rato tirado. Entonces los rivales alegaban y pedían al árbitro que tomara el tiempo. En la grada, el público se desesperaba y le gritaba para que se apurara a recuperarse. El árbitro, por dentro, mejor se reía, porque ya conocía de qué pierna cojeaba Marotta, y lo peor es que no podía hacer nada para apurarlo.

El público del rival lo odiaba, pero sin duda los aficionados de su equipo lo habrán amado, por su entrega, sus atajadas y su disposición de hacer estas artimañas para perder el tiempo. Por suerte, Marotta jugó en varios equipos, por lo que ha de haber cultivado muchas simpatías por más de 20 años.

Era como esos luchadores rudos, de los que te caen mal por sus artilugios, pero en el fondo los admirás por su personalidad. 

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Al retirarse, se convirtió en preparador de porteros. La semana pasada, sufrió un derrame cerebral. Un día después, su familia anunciaba su muerte. ¡Pero genio y figura hasta la sepultura! No estaba muerto, estaba simulando, como tantas veces fingió una lesión para perder (o más bien ganar) tiempo. Esta vez lo hizo para que su corazón recibiera las muestras de cariño de los aficionados. Doce horas después, el árbitro de la vida le dio el pitazo final y él se fue a las duchas, sabiendo que su vida había sido un excelente partido, con triunfos y derrotas, más bien, fue como un feliz empate de muchos goles, en que ambos equipos salen satisfechos.

Lamentablemente, aún vivimos en un país en que estos héroes, deportivos en este caso, fallecen en el más duro abandono y trabajando para vivir, mientras que decenas de políticos corruptos gozan de grandes fortunas, incluso en prisión. Por eso, nuestra estrategia contra la impunidad debería ser cada vez más recordarnos de nuestros héroes y denunciar a los delincuentes, sobre todo los de cuello blanco.

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

30 de marzo de 2017, 05:03

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